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La leyenda de la princesa Zaira y del Patio de los Leones de la Alhambra

Cuenta la leyenda que la joven princesa árabe Zaira, proveniente de África, llegó a la Alhambra junto a su padre y los guardias que los protegían. La belleza de Zaira estaba fuera de toda duda. Era, además, una muchacha muy sensible, culta e inteligente. Pero su padre era todo lo contrario. Tenía un carácter frío, y actuaba con gran crueldad. Se comportaba con Zaira de manera malvada, y siempre estaba malhumorado con ella. La tenía siempre vigilada y bajo su control, y no veía con buenos ojos que abandonara sus aposentos.

Zaira había quedado fascinada por la Alhambra. No podía evitar pasear por el recinto, impresionada por la magia de su arquitectura y la belleza de sus jardines. En sus paseos siempre llevaba consigo un misterioso talismán que le colgaba del cuello.

Fuente de los Leones iluminada por la noche
Fuente de los Leones iluminada por la noche

Uno de los días en los que Zaira estaba paseando, vio a un muchacho saltar la muralla para ir a su encuentro. Le dijo que se llamaba Arturo y que la había estado contemplando durante tiempo mientras paseaba. Arturo era un muchacho cristiano que no había podido frenar sus deseos de conocer a Zaira. Le declaró su amor, y Zaira quedó maravillada de la valentía y el arrojo con el que el muchacho había actuado.

Zaira, asustada, le imploró que se marchase antes de que los guardias de su padre los viesen. Pero Arturo no quería irse sin una promesa de ella, aunque estuviera jugándose la vida. Ella le prometió que accedería a volver a verlo, y Arturo, satisfecho, se marchó, con tan mala suerte que fue interceptado por los guardias y capturado.

El padre de Zaira no tardó en enterarse del suceso y mandó enviar al joven muchacho cristiano a la mazmorra. Zaira lloró amargamente. La Alhambra, que antes le parecía un lugar mágico y extraordinario, se convirtió en un infierno. Sus paseos se ahogaban con su triste llanto. Uno de esos días, Zaira descubrió por casualidad en una de las habitaciones de la Alhambra el diario de su padre. Procedió a abrir la carta y leyó lo siguiente:

«Ya he matado al rey y a la reina. De la princesa Zaira me he apiadado. Gracias a mis 11 hombres, he conseguido ocupar el trono. Ahora creerá que yo soy su padre. Espero que la princesa no se entere nunca del maleficio de su talismán.»

Zaira no podía creer lo que estaba leyendo. Rota de dolor, mandó reunir a su padre y a los once guardias en el patio central del Palacio de Muhammad V. Le suplicó a su padre que le contase la verdad y este exclamó:

«Efectivamente no soy tu padre»

La princesa comenzó a llorar de rabia. En ese momento de dolor, recordó el maleficio que su madre vertió en el talismán. Agarró el talismán que llevaba desde que era pequeña con todas sus fuerzas y lo activó. Algo extraordinario ocurrió: el rey y los once guardias que lo acompañaban se transformaron en 12 leones de piedra, condenándolos para siempre a presidir el Patio que lleva su nombre, y a soportar el peso de la fuente.

Zaira corrió a liberar a Arturo de su prisión y, juntos, escaparon de la ciudad de Granada para comenzar una nueva vida y ser felices.

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